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| Patriotismo fuerte... |
A esta altura de los acontecimientos, el Cairo se había transformado en la sombra de la ciudad que tanto nos había regalado y que tan felices nos había hecho. El estado de sitio estaba absolutamente instalado por tiempo indefinido, se habían cortado los suministros de internet y los teléfonos seguían sin funcionar.
Para salir a la calle era absolutamente necesario llevar el pasaporte, ya que se había condensado una atmósfera anti-americanista (en representación del occidentalismo) y todo extranjero comenzaba a ser sospechoso de algo. Ese algo no estaba muy bien definido, vacío legal que terminó siendo uno de los principales problemas futuros. Por último se sugería abandonar las calles antes de la hora en que empezaba el estado de sitio, que generalmente variaba entre las tres y las cinco de la tarde.
Para salir a la calle era absolutamente necesario llevar el pasaporte, ya que se había condensado una atmósfera anti-americanista (en representación del occidentalismo) y todo extranjero comenzaba a ser sospechoso de algo. Ese algo no estaba muy bien definido, vacío legal que terminó siendo uno de los principales problemas futuros. Por último se sugería abandonar las calles antes de la hora en que empezaba el estado de sitio, que generalmente variaba entre las tres y las cinco de la tarde.
Mubarak yacía bajo un manto de silencio impotente y ominoso, el cual sólo rompió un par de veces para aparecer por tv a decir nada de nada, hecho que no hacía más que alimentar a unos cuantos medios de comunicación que plantaban un espectáculo deprimente y caótico sin parar.
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| Behind the scenes... |
El transporte público se había reducido a la nada, y el aeropuerto para seguir sumando quilombos, estaba absolutamente colapsado, con casi todos los vuelos cancelados porque las tripulaciones no podían llegar a destino. Las empresas sin respuesta, la gente varada sin comida en un lugar tomado por la incoherencia, la falta de cooperación y la falta de soluciones. Las embajadas lentas o ausentes, con excepción de la China y la Inglesa, que fueron las únicas que estaban asistiendo a sus ciudadanos.
Para sacar a Rachel del país tuvimos que esperar como cuatro días y dormir un par de noches en el aeropuerto, hasta que la embajada sudafricana reaccionó y armó un charter que nos terminó llenando de alivio a todos. A partir de acá ya quedábamos nuevamente solo los dos, momento en el que agradecí infinitamente a todo ente en el que creo y a muchos más en los que no, que nuestras familias y seres queridos estén a salvo en Argentina.
Dimos vuelta la página y apareció un buen block de hojas en blanco que rápidamente se iban a teñir de negro por obra, magia, irracionalidad, miedo, desesperación y un gran bagaje adicional de sentimientos de terror que nos estaban esperando literalmente a la vuelta de alguna esquina.
Dos o tres días de tranquilidad nos separaron del macabro evento, momento en el cual aprovechamos para cerrar el tema de visados, sabiendo que la de la India ya estaba adentro, y la de Irán al caer. A su vez, con Federico no habíamos podido establecer fecha de encuentro para filmar el documental en Israel y Palestina, ya que varios factores que definían el evento dependían de sucesos aún irresolutos.
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| Para que no te hagas el loco... |
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| Se va enturbiando la cosa... |
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| Algún espía hispano parlante... |
De todas maneras gran parte de las historietas que nos mantenían en vigilia estaban listas para la puntada final. Casi nos estábamos calzando las mochilas, Juli se iría derecho hacia Israel a resolver unos asuntos monetarios, y yo estaba a punto de convertirme al hipismo extremo y arrancar para Sinaí a chequear los últimos paisajes del país, e intentar ver una huevada llamada “Blue Hole” que parece que es la bomba del verano.
Antes de los susodichos eventos, quiso el destino que tengamos que ir a retirar una de las visas al centro una calurosa mañana de Enero. Fuimos tempranito para evitar los quilombos vespertinos. Caminamos por acá, caminamos por allá, todo raro, todo misterioso, pero en cierta forma tranquilo.
Las protestas en la plaza ya llegaban al millón de personas (según los medios), y era mejor no acercarse mucho a los epicentros, ya que a diario se registraban enfrentamientos subidos de tono entre pro y anti Mubarak y también con los militares, por lo cual redondeamos una vuelta a la embajada de la India, nos dieron el papelito habilitante y decidimos volver rápidamente a casa para evitar deambular en horas del bendito estado de sitio.
Para ello abordamos el subte que nos dejaría en Nassr City, lugar donde siempre combinábamos con un colectivo que nos depositaba a escasos metros de la puerta de la casa de Mohammed. Aquel día decidimos que antes de realizar dicha combinación resultaba conveniente hacernos de alguna que otra provisión que veníamos extrañando. Así fue que recorrimos un rato un lindo mercado en Nasr City, en el cual logramos hacernos de café y yogurt por precios más que convenientes, y ya con el pequeño botín en mano, nos fuimos silbando bajo, sonrientes y contentos hacia la parada.
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| Arderan en el infierno... |
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| Tanqueta loca y valla humana... |
Cuando llegamos apareció como casi a diario un ciudadano egipcio a pedirnos los pasaportes, a lo cual accedimos resignadamente como de costumbre, sacamos nuestras libretitas con dos mil sellos y papeles, le mostramos la visa vigente correspondiente y esperamos a que nos las devolviera como siempre con una sonrisa para decir “chau, gracias… nos vemos por ahí”. Pero inmediatamente todo empezó a oler a podrido, cuando en vez de devolverla con la típica sonrisa y dejarnos ir, empezó a llamar a otros señores, que por cierto acudieron muy velozmente en masa, y de los cuales el que parecía más malo, como siempre portaba bigotes.
“Bigote” empezó a ponerse aspirineta, y tanto él como su séquito de limados, empezaron a ser cegados por sentimientos patrióticos, “antiamericanos” o “antioccidentalistas”, basados en dos de los males más profundos y más penosos del ser humano: la ignorancia y la desconfianza.
Así hicieron sonar las campanas del terror y todos juntos empezaron a empujarnos dentro de una camioneta, la cual mientras discutíamos, se había estacionado al costado del quilombo. Nos metieron por la fuerza y la cosa se tiñó de miedo y desesperación. Quise reaccionar por el mismo camino de la fuerza para bajarnos del vehículo de prepo, a lo cual “Bigote” me respondió con un revés ida y vuelta en la cara que más que un tatequieto fue un no se te ocurra moverte nunca más. Me llené de bronca mezcla con un cagazo monumental y ansías de un mano a mano hasta la muerte contra el ignorante, pero eso no iba a suceder, y si me seguía haciendo el loquito, había diez más que me iban a devolver rápidamente la cordura. Primera vez que tuvimos que aceptar el triste destino de que estábamos al horno, en manos de monos mongos que podían hacer de aquí en más lo que quisieran con nosotros.
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| Bigote pronunciado... |
Y así fue, nos intentaron llevar a tres dependencias policiales, las cuales estaban llenas de ratas ratones que no se hacían cargo de nada y no querían salir de sus ratoneras, hasta que les terminaron diciendo a esta banda de infradotados que nos lleven con los militares, que ellos estaban a cargo de todo.
Cuando supimos esto fue cuando respiramos, ya que pensamos que los militares iban a chequear los pasaportes, iban a ver que todo estaba normal y rápidamente nos pedirían disculpas y nos dejarían seguir. Tremenda equivocación. De los pronósticos más erróneos de mi mente en los últimos años.
Cuando supimos esto fue cuando respiramos, ya que pensamos que los militares iban a chequear los pasaportes, iban a ver que todo estaba normal y rápidamente nos pedirían disculpas y nos dejarían seguir. Tremenda equivocación. De los pronósticos más erróneos de mi mente en los últimos años.
Llegamos a un puesto militar, y no cualquier puesto, sino directamente al edificio de inteligencia del Cairo. Yo empecé a buscar las cámaras de Tinelli y hasta hubiera firmado aparecer en bolas en un programa de Feinman mientras el muñeco me pusiera de exponente del hipismo malviviente delante de todo su descerebrado público; pero nada de esto estaba sucediendo y volvíamos a pestañear y definitivamente estábamos ahí: en el Cairo, en medio de la revolución, en el edificio militar de inteligencia, solos con una infinita infinidad de militares. La pucha.
Vieron los pasaportes y la cosa no cambió. Mandaron a un zumbito a realizar un chequeo intensivísimo de todas las cosas que teníamos encima. Nos revisaron íntegramente y por todo concepto. Chequearon cada papel que teníamos en la billetera, separaron cosas, nos quitaron el poco dinero que portábamos, a la vez que nos iban llenando cada vez más de un sentimiento enfermo de desposeimiento, clandestinidad y de lo que ahí en más entiendo como el significado de la palabra terror.
Pasada esta primera parte, que fue como un leve aperitivo de lo que estábamos por vivir, empezaron a acusarnos principalmente de ser espías israelitas por un lado (chan), y de que sabíamos hablar árabe (chan2) por el otro. Fue la primera vez que no supe que decir en mi vida más que la palabra “No” en todas sus modalidades. “No, te juro que No”, “No, nada que ver”, “No, en serio No”, “No, te lo juro por mi vida”, “No, no y no”, “Por favor officer, No”. Juli me acompañaba con variantes muy ingeniosas también de las combinaciones posibles del “No”, y trataba de poner paños fríos a una situación que se estaba yendo de las manos, de los pies, y de toda posible lógica, contemplable o esperable.
Nos empezó a invadir una desesperación agonizante e indescriptible que fue aumentada minuto a minuto por el hecho de que nos ataron de pies y de manos y nos hicieron tirarnos en el piso boca abajo. Esta sensación de estar tirados boca abajo rodeados por militares con Ak-47 apuntándonos y diciendo que nos iban a matar, fue lo que desencadenó algo que todavía no sabíamos que era posible de realizar, llorar sin lágrimas.
Empezamos a experimentar una forma de llanto que no nos abandonaría casi hasta el final del evento, caracterizado por abruptos movimientos musculares compulsivos, cara y facciones de llanto, pero en los cuales no experimentamos una sola lágrima. Si fuera en otro contexto creo que hasta resultaría muy gracioso. Un contorsionismo crónico corporal marcado por una desesperación inentendible que hace muecas para todos lados, con cara de llanto pero sin lágrimas suplicando “por favor, no me maten”. La pucha 2.
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| Un tanque parecido a este... |
A ese evento que sucedía detrás de un tanque de guerra estacionando en un costado del edificio de inteligencia, entre un paredón lateral del mismo y un baldío espantoso en dónde pude visualizar varias veces mi cadáver y hasta alguna fantasía de fusilamiento, se le sumaron dos moles, armarios egipcios vestidos en Joggineta, que aparecieron como de repente y nos empezaron a cagar a trompadas en el piso al grito de: “vos sos Israelita, yo soy Egipcio”, y como algo muy normal nos pegaron un rato para que declaráramos porque queríamos desestabilizar el régimen de Mubarak y para quien estábamos espiando. La imagen la completaban militares en círculo apuntando y hablándonos despectivamente en árabe, esbozando cínicas sonrisas y dándonos a entender que lo nuestro era asunto terminado. La pucha 3.
Si la cosa ya era terrorífica, virtual y agónica, sólo le faltaba algún componente de marcada bizarrez, el cual se hizo presente cuando ya golpeados, temblando, y suplicando por nuestras vidas, nos metieron adentro del tanque para esperar más resultados de “inteligencia” (la única palabra que no encaja en el relato) sobre nuestros pasaportes, y los militares a cargo del tanque nos dieron comida y agua, nos preguntaron si queríamos mear y apareció un wally descolgado a hacernos probar unos pastelitos que le había hecho la madre para que no extrañara la casa. Si queremos sumar más, puedo recordar charlas morbosas sobre la conductas sexuales en occidente y en los países musulmanes, que se desarrollaban dentro de un tanque de guerra en algún lugar de este nuevo e infinitamente virtual Cairo.
Apareció inteligencia en forma de soldado futurístico, armado hasta los huevos, apuntando directamente a nuestros cuerpos a menos de un metro de distancia, y al grito desesperado y casi cocainómano de “salgan del tanque”, “no se muevan” (como si fuéramos a salir corriendo atados o algo parecido). Este fue definitivamente el peor momento de mi vida. Pensé que nos mataban, primero a Juli y después a mí.
Atrás de este mogólico, el más mogólico que vi en mi vida, apareció el siniestro más bigotudo con el que tuve el placer de conversar, contando esta y mis vidas pasadas. Era el supuesto jefe de “inteligencia” militar que no se porqué tenía que tener un bigote tan pronunciado y tanta cara de mal tipo.
Me equivoqué de nuevo cuando pensé “este tiene que ser piola y se tiene que dar cuenta que somos dos perejiles cualquiera que andan turisteando”. La pateé de nuevo a los caños. Nada más lejano a mis esperanzas que un bigotudo hijo de mil puta que con la cara más enferma y cínica del universo nos decía que íbamos a arder en algún infierno musulmán. En voz baja, mirándonos a los ojos y con una impunidad que todavía me sigue vaciando por completo.
En esa desesperación pensé muchísimas cosas, pero la más marcada fue en mi vieja, empecé a pedir hablar con mi vieja. Sentí ese sentimiento de poder decir algo antes de que a alguno de estos monigotes se le escapara un tiro. Lloré sin lágrimas como nunca antes lloré en toda mi vida. Vacío, absolutamente vacío, sin explicaciones, sin poder entender nada, absolutamente ido y desprotegido, absolutamente inconsistente. El cuerpo no lo sentía. Como si me hubiera comido mil hongos alucinógenos juntos. Yo no estaba ahí, de alguna manera y en algún momento dejé de estar en el lugar.
A este bigotudo impune, le siguió nuevamente un rato de espera en el tanque, hasta que llegó un colectivo que se paró enfrente y nos bajaron nuevamente. Y si la cosa ya no tenía nada más para agregar en términos de palabras, de ruegos o de súplicas, si la tenía en términos de terrorismo psicológico. A nuestra mucho más que psicodélica situación, le agregaron capuchas negras en nuestras cabezas, que no nos dejaban ver absolutamente nada, pero que si me dejaban oír además de los gritos de terror de Juli, como los soldaditos cargaban los fusiles y las pistolas, un “chck, chck” con los cuales los militares que nos subían al colectivo se divertían al grito de: “I wanna fuck you, I will kill you”. La pucha man, ¿en serio sos de este planeta?.
Nos dieron vueltas por el Cairo sin decirnos adonde nos llevaban y jugando con todas estas variables enfermas, propias de gente enferma que acusan una severa enfermedad. Pasamos por un edificio, nos bajaron, nos metieron en un lugar que no pude ver, nos subieron de nuevo al colectivo y nos llevaron a otro edificio en el cual nos desencapucharon, y sin decirnos nada, nos hicieron primero pararnos mirando a una pared, para luego hacernos entrar a una especie de oficina. Nos trataban literalmente como a terroristas o espías y nos golpeaban, nos ponían el fusil en la cabeza o nos arrastraban fuertemente.
Para todo esto habían pasado once horas desde la compra del café y de los yogures que curiosamente aún conservábamos con nosotros, y por lo menos ocho que constantemente nos decían que “ya no había más embajadas para nosotros”, “ni familia” o “que nos iban a matar en diez minutos” o “que íbamos a arder en la concha del mono”.
De repente y como parte del reality show más grotesco jamás filmado, mientras miraba a Juli todo moretoneado, adornado con sangre en varias partes y todavía maniatado, esperando por nuestro destino en alguna parte del Cairo, apareció un tipo bien vestido, que hablaba buen inglés, y con cara y sonrisa de muñeco de torta esbozó las palabras: “sorry, it was a mistake”.
Las puteadas me recorrieron ferozmente cada átomo del cuerpo y ni siquiera en aquel momento sentí una sensación de alivio, sino más bien de sed de muerte y de venganza, sensación que obviamente tuve que metérmela en el centro de mi ano todavía contraído, y que en definitiva, es la mierda más nefasta que se puede sentir.
Todavía me seguía faltando la aparición de alguna cámara oculta, o que el bigote del capo de inteligencia haya sido ficticio y apareciera al grito de “no te calentes fue una joda para cairomatch”, o que el milico que hacía dos minutos me estaba diciendo que me quería coger y matar pelara un porro del tamaño de las pirámides y me dijera “tomá, para vos, momificate”, pero nada de eso iba a suceder. Sólo este muñeco diciendo que todo había sido un error y que por favor escribiéramos los sucesos en una hoja en blanco para que las autoridades sean informadas y se castigue a los responsables.
Fue otra parte más de la tomada de pelo que sentí que el muñeco nos estaba propinando, pero lo único importante era salir de una vez por todas del asqueroso edificio militar y dejar que todo lo vivido empiece a destilar.
Nos devolvieron todas nuestras pertenencias, nos pidieron perdón un par de veces más, y nos llevaron a la casa de Mohammed en el mismo colectivo y con los mismos milicos que nos querían coger y matar, pero que ahora nos trataban bien y nos hacían concesiones. Sólo les faltó darnos una palmada en la espalda.
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| Disconformismo con la realidad... |
Con esa sensación nos empezamos a limpiar el cuerpo y desempastar el corazón, como si nos hubieran violado, y por un par de noches dormir se hizo casi imposible. Pero es momento de cortar, ya les contamos bastante y los efectos colaterales y las conclusiones destilarán en el próximo relato de este viaje descomunal.
Hasta la próxima y gracias por leer…
En Tahir Square... Canto popular...
















































